Clarín – la autobiografía fragmentaria de Andrés Di Tella

Andrés Di Tella enterró viva a Marta Minujin en 1976. No se trata de un delirio, un título policial o del secreto mejor guardado sino del rodaje de una película. Una de las primeras experiencias en el set del cineasta y escritor Andrés Di Tella que cuenta, con lujo de detalles, en Prueba de cámara, su último libro editado por Entropía.
Difícil de clasificar, fiel a su estilo, memorias sería la etiqueta que aparece con mayor facilidad luego de leer este libro de contundentes 262 páginas. Sin embargo, el propio autor se encarga ya desde un comienzo de ponerse a él mismo en tela de juicio: “Son raros los recuerdos, a la vez tangibles y escurridizos”, escribe.
Aquí aparecen, entrecruzados por material de archivo, los recuerdos y olvidos que lo llevaron a vivir parte de su infancia y juventud en Londres, Montpellier, Oxford, Hampstead pero también por el barrio porteño de Belgrano. Los primeros amores, la peculiar relación de su familia con el peronismo, el recuerdo de su padre Torcuato –que lo hizo llorar en un estudio de televisión durante una conmovedora entrevista con Cristina Mucci en su ya célebre ciclo Los siete locos– el rock, el punk y, por supuesto, el cine. Su mayor idilio se basa en un estilo personalísimo que atraviesa toda su filmografía. Leer Prueba de cámara también permite conocer algunas claves de su modo de filmar.
“Me sorprende la alegría que me despiertan de golpe estos momentos recuperados, bastante anodinos, que difícilmente le interesen a alguien que no sea yo mismo”, escribe y esto se liga con un concepto en inglés que menciona casi al final: nondescript. Es aquello anodino, escurridizo para la descripción. Como muchos de sus propios recuerdos y varios instantes de su cine. “Escribo esto y es como una plegaria inútil. ¿Será por eso que escribo?”.
Por momentos, sus relatos parecen el guión de un documental. Uno imagina al propio Di Tella narrando todo en una voz en off al oído del lector. Ya había experimentado de un modo similar en Cuadernos, su libro anterior. Allí ya aparecía la compulsión del registro, el acercamiento afectuoso para con el archivo, el interés por el detalle. Su memoria es, o al menos se construye como, minuciosa.
“Las imágenes de aquel viaje en auto sobreviven con una fosforescencia impensada”, escribe mientras se mezclan los recuerdos televisivos de la asunción de Cámpora con la lectura de Tintín o los partidos de fútbol del Arsenal que pudo ver en la cancha. Emerge también el personaje de Georges-Henri (¿realidad o ficción?) como una suerte de columna vertebral emotiva que enhebra todos los recuerdos desperdigados del autor.
Su infancia se cuenta entre las imitaciones de chistes de Monthy Python y una sensación de no estar. “Tenía la sensación de ser invisible”, recuerda y trabaja, más allá de su detallismo, con las fragmentaciones, vacíos y fisuras de los propios recuerdos. “Un fantasma escuchó mis pensamientos y me dijo: acá estoy”, proclama.
Hay dos ejes que se entremezclan a lo largo de todo este libro, suerte de autobiografía inconclusa, biografía novelada. Uno es la política y la compleja relación con el peronismo que atraviesa a toda su familia: Torcuato, su padre, fue ministro de Cultura de Néstor Kirchner. Guido, su tío, canciller de Carlos Menem.
En una escena aquí narrada, su padre está detenido por la dictadura en un barco rodeado de otros presos políticos. Allí se encuentra con Lorenzo Miguel, histórico sindicalista peronista. “El Loro” le lanza: «¿Qué hace acá si usted es gorila?». También se narra con una emotividad notable las desapariciones de sus amigos, los hijos de Graciela Fernández Meijide y Augusto Conte.
El otro eje es la propia formación cultural del cineasta. Desde las bandas que comenzó escuchando en sus momentos de gloria, en el nacimiento de la contracultura occidental (Blondie, Pattie Smith,The Clash, Television, Kraftwerk, Talking Heads) hasta la lectura de libros sobre Andy Warhol, The Factory y el Kitsch. Destaca en particular una revelación: la película Lonesome Cowboys de 1968 realizada por la dupla Warhol/Paul Morrissey.
“Se subestima, me parece, el efecto que pueden llegar a tener las películas no vistas, sólo conjeturadas. El esfuerzo de imaginación y el deseo de entender de qué se trataban realmente (…) fueron, no me cabe duda, constitutivos de la idea que me hago acerca de las posibilidades del cine”, afirma y a la vez entrelaza un un poema de Olga Orozco recortado y pinchado en la pizarra de corcho de su escritorio en Oxford con el recuerdo del escritor inglés Al Alvarez, amigo de su madre, y la primera escucha revulsiva en plena Inglaterra de Never Mind The Bollocks, el debut de los Sex Pistols.
“Escribir un recuerdo implica, hasta cierto punto, revivirlo. Hay experiencias que tenemos ahí, en la punta de los dedos, pero cuando queremos contarlas se nos resisten”.
Prueba de cámara es uno de los mejores libros publicados en 2025 no sólo porque permite conocer más a uno de los directores más peculiares del cine nacional. Sino porque es un ejemplo de aquellas vidas que funcionan como prismas para narrar la historia oral y pública de la cultura. Además de tratarse de una proeza narrativa no exenta de emociones. Una espeleología al interior de las propias cavernas.
Prueba de cámara, de Andrés Di Tella (Entropía).
